lunes, 28 de noviembre de 2011

Capítulo 19


Estuve pensando en tus preguntas, Joan. Creo que no son del todo francas. Si lo fuesen no esperarías una respuesta determinada y cualquier respuesta te vendía bien. Como tantas otras veces tengo la sensación que intentas prevenir cualquier cargo de conciencia. Necesitas alguien que confirme tus decisiones como correctas. El miedo a equivocarte te paraliza. Si aceptaste escribir una columna semanal en el Diari de Girona es porque estás dispuesto a correr hasta las últimas consecuencias. Pero tengo que decirte que optaste por el camino más fácil. Los movimientos sociales es un tema que está a la orden del día. Tu postra no hace ningún tipo de aportación a la humanidad. A mí sinceramente me da igual. No me importa si lo que dices es verdad o mentira. Me duele que intentes justificar que escribes sobre estos temas como un proceso de crecimiento personal. Me molesta que quieras convencer a tus lectores de algo que hasta hace dos días no creías. Voy a decirte lo que pasó. Te pareció que escribir de forma reivindicativa era la mejor forma de ganar notoriedad. El deseo de reconocimiento se presentó a tu puerta junto con la oferta de escribir una columna. Y lo que es peor, empezaste a creer que tu pensamiento tenía que representar tus escritos. Resulta que ahora haces proselitismo de tus ideas. Entonces te dedicas a propagar la idea de reivindicación social y participación ciudadana. Me desagrada ver como las ideas se adaptan a la realidad, cuando debería ser al revés. Todo lo que escribes es pura hipocresía. No estoy cuestionando tu trabajo. A pesar que los artículos son malos y no tienen ningún tipo de aportación personal. Repetir como un loro lo que otros dijeron parece sinónimo de erudición. Me alegro que tengas trabajo y que a la gente le interese leer lo que escribes. Sin embargo, conociéndote como te conozco me molesta que intentes embaucarme a través de una serie de preguntas tendenciosas a cuestionar mi conciencia. 

jueves, 24 de noviembre de 2011

Capítulo 18

De la misma manera que algunas personas no cambian nunca, otras estamos destinadas a una continua trasformación. Joan dice que hubo un libro que cambió su vida. A partir de ese momento su porvenir adquirió una dimensión nueva, nada volvió a ser como antes. Con bastante frecuencia Joan regresa a algún pasaje de aquel libro o simplemente a la forma en que éste acabó influyendo en su vida. A partir de aquel momento su máxima aspiración es escribir un libro que cambie la concepción que tienen los lectores de la realidad aportando una nueva óptica. Conceptualmente me parece estupendo. Un plan magistral. Un proyecto absoluto. Sin embarbo cambiar la vida de los demás no parece muy interesante si ello no repercute en uno mismo.

Tiempo atrás escuche el caso de un tipo que desarrollo un método para hipnotizar a la gente. Habitualmente lo usaba para robar o seducir a las mujeres. A eso se le puede llamar sacar claro provecho. Para ser más claro, si uno no puede cambiar su propia vida tampoco puede cambiar la de las otras personas.

Siempre me sentía atraído por la idea de la trasformación, llegando a considerar que después de dar dos pasos en cualquier dirección nada puede volver a ser igual. Me miro al espejo y, a veces, no me reconozco. Me aburro, me aburro y me aburro. No quiero ser siempre la misma persona. Encuentro puntos de inflexión en cada esquina. Algunas personas necesitan un largo proceso para gestionar sus cambios. Cada uno encuentra sus propio input. Es la última vez. Nunca más. A partir de mañana. Muchas veces las declaraciones de intenciones no son más que una metodología para posponer la decisión y entonces se dan cuenta que el mañana nunca llega. Cada día me siento menos Boris Nebula y más Gastón Carsac. El espejo ya no me devuelve la imagen de un desconocido que se arrepiente de ser lo que es. No hay un solo libro, ni un amanecer, ni una canción. La metamorfosis en constante.

martes, 15 de noviembre de 2011

Capítulo 16


Dice Esther que soy un creído y un pedante. Un alto grado de resentimiento motiva sus palabras. Una crítica reciente que dirigí hacia su persona parece haber herido su susceptibilidad. Desde que su hermana se separó del novio es evidente que Esther se ha vuelto una persona monotemática, si es que ya no lo era con anterioridad. Cualquier cosa que suceda en el mundo es capaz de relacionarla con el pobre niño que todavía no cumplió dos años y le han colgado una mochila llena de problemas. El novio no solo abandonó a Cristina y al niño sino que desapareció de la faz de la tierra sin dejar más explicación que una pequeña nota en la que decía: esto no es para mí. Me atrevería decir que cada uno tiene lo que se merece. No me gustan las frases hechas pero en este caso creo que encaja perfectamente con la hermana de Esther.

Ahora Cristina interpreta el papel de víctima. Una estrategia para llamar la atención que a su vez  permite a Esther interpretar el papel de salvadora. Estoy convencido que abrió sus puertas reclamando ayuda y Esther literalmente la invadió. El sistema no parece dar soporte alguno a las madres solteras, los recursos para una crianza integral son insuficientes en la ciudad, los horarios de las guarderías son incompatibles con las madres trabajadoras, las instalaciones infantiles están descuidadas, los parques están repletos de padres nefastos que repiten un modelo de crianza obsoleto que se base de gritos y sarcasmo. Esther defiende a rajatabla toda una serie de teorías de crianza natural que distan enormemente del contexto en el que vivimos. No estoy haciendo una crítica de valores sobre lo que es correcto o incorrecto, solamente digo que su discurso serviría para una comunidad en la que todos adscribiesen a la idea idílica de volver a la naturaleza para vivir en armonía.

Me atrevería a afirmar que la palabra “debería” ha ganada tal preponderancia que es una de las más recurrentes en cada conversación con Esther. Las consignas precedidas de esta palabra se transforman en juicios. Cuando sus palabras son portadoras de verdad no hace otra cosa que ponerse por encima de todos aquellos que se equivocan. A pesar de esta actitud, indiscutiblemente altanera, Esther se atreve a ir diciendo que Boris Nebula es un creído y un pedante.


No pretendo convencer a nadie ni negarlo, soy todo eso que dices y mucho más. Confío en que de cada momento estoy sacando el máximo de provecho. La vanidad es un requisito para la autoestima. Si yo no creo en mí mismo no puedo pretender que nadie lo haga. Sin embargo, Esther, me molesta que lo digas y te creas con autoridad suficiente como para criticarme y manifiestes de forma sibilina todo aquello que consideras debería ser.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Capítulo 14


Cuando la inspiración se acaba lo único que queda es el oficio. Cada vez que escucho a Joan hablar de su vocación literaria siento que lo hace con la finalidad justificar su inactividad en una búsqueda constante de inspiración. No hace falta ser muy inteligente para darse cuenta que ser escritor es un oficio, que requiere sobretodo trabajo y constancia. El interés que demuestra Joan últimamente por saber algo sobre la vida de Mateo Couto no es más que la desesperada necesidad de encontrar un punto de partida que de comienzo a su narración.

Conocí Mateo en el período de prácticas profesionales correspondiente a un ciclo formativo en Marketing. Era enero de 2007. Una importante empresa de servicios turísticos acababa de incorporar como becarios a un grupo de estudiantes entre los que se encontraba Mateo Couto y yo. Por su parte Mateo había ingresado en el departamento informático, mientras que yo en el departamento de marketing. En poco tiempo me di cuenta que su virtud era aparentar una actitud proactiva mediante la cual llevaba la iniciativa y delegaba constantemente responsabilidades.

La historia de Mateo Couto es igual que todas las historias. A partir de una serie de certezas la literatura se encarga de su reconstrucción. La intensidad que busca Joan difícilmente la encuentre en mis conversaciones. La fuerza de todo relato se vislumbra en la capacidad que tiene el autor de dejarse llevar por la propia narración. La mayor dificultad con la que se topa Joan es el alto grado de exigencia con el que recubre cada uno de sus proyectos. Algo muy grande le tiene que haber sucedido. El sentimiento de culpa es su mayor tormento. El miedo lo paraliza. Es incapaz de ceñirse a un plan y desvanecerse en la narración.

La gran virtud de Mateo Couto es que llegó hasta las últimas consecuencias. Llevó a cabo un plan exquisito. Sin ningún miramiento ejecutó su propia venganza. Como si fuésemos marionetas, usó a todas las personas que nos cruzamos en su camino. No tengo nada que reprocharle. La determinación de vengarse de aquellos que alguna vez le hicieron daño lo llevó a considerarnos parte de un plan que estaba a un nivel superior de cualquier relación que pudiésemos entablar. Una vez consumado el macabro artilugio de desquite, como por arte de magia, Mateo Couto, se esfumó. Hizo lo que el resto de personas no se atrevió a hacer: fue incondicional a su plan y con él desapareció.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Capítulo 12


Capítulo 12
Hoy, cuando volvía de tomar unas cervecitas en el bar Ithaca me detuvo la policía. Estaba sentado en uno de los bancos del paseo grabando un vídeo en el que se podía apreciar el puerto de fondo. En el vídeo hablaba de las desigualdades con las que convivimos a diario. También hablaba del daño que le hacen al mundo los especuladores. Había escogido justamente ese escenario para poder mostrar algunos yates que pasan todo el año en un amarre y apenas se usan unas pocas veces durante todo el verano. Reflexionaba sobre Esther, a quien últimamente veo con bastante frecuencia. Juraría que se propuso reconducir mi vida por la senda de los optimistas y me busca constantemente para instruirme con su faceta mas trascendental.
Lo cierto es que el patrullero se aproximó a considerable velocidad. Con tranquilidad aunque con gran determinación uno de los agentes me pidió que levantase los brazos en paralelo al suelo, como si estuviese haciendo el avión.
Después de revisarme comenzó su su perorata. Comprendí que aquella marioneta que se encontraba frente a mí, estaba siguiendo al pie de la letra el procedimiento estipulado. Ciñéndose al principio de eficacia que el cuerpo policial les exige a sus agentes. Tuve la sensación de que necesitaba generar un determinado número de informes o detenciones, con el fin de ganarse el sueldo o justificar su desempeño.
<Qué está haciendo usted aquí?> me interrogó con firmeza.
A punto estuve de decirle que estaba disfrutando de ahora permanente y del presente continuo, y una serie de frases con la que Esther intenta introducirme en el mundo de la espiritualidad. Sin embargo supuse que debía mantenerme dentro de la corrección planteada por el oficial.
Antes que pudiera completar mi explicación sobre las filmaciones me interrumpió interrogándome se llevaba algún tipo de arma. Lo cual me pareció absurdo porque su compañero acababa de cachearme. Después de negarlo rotundamente le explique que mi revolución se centraba en las palabras.
<A qué tipo de revolución se refiere?> preguntó con hosquedad.
En ese momento me recrimine a mi mismo esa palabras. Si quería que el procedimiento acabara con la mayor brevedad posible lo mejor era aminorar la marcha y adoptar un discurso menos provocador. <La revolución más grande que existe pasa por conocerse a uno mismo, le dije parafraseando a mi Esther.
<¿Con qué finalidad hace usted esas grabaciones?>
<Supongo que es un momento importante de mi vida y deseo llevar un registro.>
Entonces el policía retomo el guión procedimental y con gran profesionalismo intentó legitimar la conversación utilizando un lenguaje técnico con la clara intención de asustarme.
<No tengo nada que ocultar, así que por favor agilicemos el proceso y terminemos con esto lo antes posible. Haga las preguntas correspondientes al caso, verifique mi identidad o lo que sea necesario para que acabe esto y pueda seguir deleitándole con las vistas.> Al acabar ésta frase pensé que mi osadía me jugaría en contra, pero no fue así. La cosa duró poco y en cuanto los policías se retiraron, el que había llevado el hilo de la conversación se detuvo y me miró con cara de desconcertado. En un principio parecía tener una gran curiosidad por desvelar el por qué de mis grabaciones pero rápidamente, supongo que cuando se dio cuento que no era un asesino, perdió todo interés.
Durante la conversación no hice otra cosa que penar en Enric, el amigo de Mateo Couto que se había propuesto hacer las oposiciones para entrar en el cuerpo de policia, argumentando que era la mejor forma de trabajar poco y ganar mucho dinero.
Me acordé que Enric era un tipo nefasto cinco años trabajando en una línea de montaje de una fábrica. Y no sabía como hacer para sentarse a estudiar.
Si algo sabía Mateo Couto era motivar a la gente, o embaucarla según el caso. A Enric lo ayudó a generar un complejo sistema de nemotécnia que acompañado con un cocktail de estupefacientes le ayudaría a concentrarse y mantenerse despierto durante durante largas. Finalmente Enric aprobó las oposiciones y entró en la academia. Desde aquel momento le perdimos el rastro.