Capítulo 12
Hoy, cuando
volvía de tomar unas cervecitas en el bar Ithaca me detuvo la policía. Estaba
sentado en uno de los bancos del paseo grabando un vídeo en el que se podía
apreciar el puerto de fondo. En el vídeo hablaba de las desigualdades con las
que convivimos a diario. También hablaba del daño que le hacen al mundo los
especuladores. Había escogido justamente ese escenario para poder mostrar
algunos yates que pasan todo el año en un amarre y apenas se usan unas pocas
veces durante todo el verano. Reflexionaba sobre Esther, a quien últimamente
veo con bastante frecuencia. Juraría que se propuso reconducir mi vida por la
senda de los optimistas y me busca constantemente para instruirme con su faceta
mas trascendental.
Lo cierto es que
el patrullero se aproximó a considerable velocidad. Con tranquilidad aunque con
gran determinación uno de los agentes me pidió que levantase los brazos en
paralelo al suelo, como si estuviese haciendo el avión.
Después de
revisarme comenzó su su perorata. Comprendí que aquella marioneta que se
encontraba frente a mí, estaba siguiendo al pie de la letra el procedimiento
estipulado. Ciñéndose al principio de eficacia que el cuerpo policial les exige
a sus agentes. Tuve la sensación de que necesitaba generar un determinado
número de informes o detenciones, con el fin de ganarse el sueldo o justificar
su desempeño.
<Qué está
haciendo usted aquí?> me interrogó con firmeza.
A punto estuve de
decirle que estaba disfrutando de ahora permanente y del presente continuo, y
una serie de frases con la que Esther intenta introducirme en el mundo de la
espiritualidad. Sin embargo supuse que debía mantenerme dentro de la corrección
planteada por el oficial.
Antes que pudiera
completar mi explicación sobre las filmaciones me interrumpió interrogándome se
llevaba algún tipo de arma. Lo cual me pareció absurdo porque su compañero
acababa de cachearme. Después de negarlo rotundamente le explique que mi
revolución se centraba en las palabras.
<A qué tipo de
revolución se refiere?> preguntó con hosquedad.
En ese momento me
recrimine a mi mismo esa palabras. Si quería que el procedimiento acabara con
la mayor brevedad posible lo mejor era aminorar la marcha y adoptar un discurso
menos provocador. <La revolución más grande que existe pasa por conocerse a
uno mismo, le dije parafraseando a mi Esther.
<¿Con qué
finalidad hace usted esas grabaciones?>
<Supongo que
es un momento importante de mi vida y deseo llevar un registro.>
Entonces el
policía retomo el guión procedimental y con gran profesionalismo intentó
legitimar la conversación utilizando un lenguaje técnico con la clara intención
de asustarme.
<No tengo nada
que ocultar, así que por favor agilicemos el proceso y terminemos con esto lo
antes posible. Haga las preguntas correspondientes al caso, verifique mi
identidad o lo que sea necesario para que acabe esto y pueda seguir
deleitándole con las vistas.> Al acabar ésta frase pensé que mi osadía me
jugaría en contra, pero no fue así. La cosa duró poco y en cuanto los policías
se retiraron, el que había llevado el hilo de la conversación se detuvo y me
miró con cara de desconcertado. En un principio parecía tener una gran
curiosidad por desvelar el por qué de mis grabaciones pero rápidamente, supongo
que cuando se dio cuento que no era un asesino, perdió todo interés.
Durante la
conversación no hice otra cosa que penar en Enric, el amigo de Mateo Couto que
se había propuesto hacer las oposiciones para entrar en el cuerpo de policia,
argumentando que era la mejor forma de trabajar poco y ganar mucho dinero.
Me acordé que
Enric era un tipo nefasto cinco años trabajando en una línea de montaje de una
fábrica. Y no sabía como hacer para sentarse a estudiar.
Si algo sabía
Mateo Couto era motivar a la gente, o embaucarla según el caso. A Enric lo
ayudó a generar un complejo sistema de nemotécnia que acompañado con un cocktail
de estupefacientes le ayudaría a concentrarse y mantenerse despierto durante
durante largas. Finalmente Enric aprobó las oposiciones y entró en la academia.
Desde aquel momento le perdimos el rastro.
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