jueves, 3 de noviembre de 2011

Capítulo 12


Capítulo 12
Hoy, cuando volvía de tomar unas cervecitas en el bar Ithaca me detuvo la policía. Estaba sentado en uno de los bancos del paseo grabando un vídeo en el que se podía apreciar el puerto de fondo. En el vídeo hablaba de las desigualdades con las que convivimos a diario. También hablaba del daño que le hacen al mundo los especuladores. Había escogido justamente ese escenario para poder mostrar algunos yates que pasan todo el año en un amarre y apenas se usan unas pocas veces durante todo el verano. Reflexionaba sobre Esther, a quien últimamente veo con bastante frecuencia. Juraría que se propuso reconducir mi vida por la senda de los optimistas y me busca constantemente para instruirme con su faceta mas trascendental.
Lo cierto es que el patrullero se aproximó a considerable velocidad. Con tranquilidad aunque con gran determinación uno de los agentes me pidió que levantase los brazos en paralelo al suelo, como si estuviese haciendo el avión.
Después de revisarme comenzó su su perorata. Comprendí que aquella marioneta que se encontraba frente a mí, estaba siguiendo al pie de la letra el procedimiento estipulado. Ciñéndose al principio de eficacia que el cuerpo policial les exige a sus agentes. Tuve la sensación de que necesitaba generar un determinado número de informes o detenciones, con el fin de ganarse el sueldo o justificar su desempeño.
<Qué está haciendo usted aquí?> me interrogó con firmeza.
A punto estuve de decirle que estaba disfrutando de ahora permanente y del presente continuo, y una serie de frases con la que Esther intenta introducirme en el mundo de la espiritualidad. Sin embargo supuse que debía mantenerme dentro de la corrección planteada por el oficial.
Antes que pudiera completar mi explicación sobre las filmaciones me interrumpió interrogándome se llevaba algún tipo de arma. Lo cual me pareció absurdo porque su compañero acababa de cachearme. Después de negarlo rotundamente le explique que mi revolución se centraba en las palabras.
<A qué tipo de revolución se refiere?> preguntó con hosquedad.
En ese momento me recrimine a mi mismo esa palabras. Si quería que el procedimiento acabara con la mayor brevedad posible lo mejor era aminorar la marcha y adoptar un discurso menos provocador. <La revolución más grande que existe pasa por conocerse a uno mismo, le dije parafraseando a mi Esther.
<¿Con qué finalidad hace usted esas grabaciones?>
<Supongo que es un momento importante de mi vida y deseo llevar un registro.>
Entonces el policía retomo el guión procedimental y con gran profesionalismo intentó legitimar la conversación utilizando un lenguaje técnico con la clara intención de asustarme.
<No tengo nada que ocultar, así que por favor agilicemos el proceso y terminemos con esto lo antes posible. Haga las preguntas correspondientes al caso, verifique mi identidad o lo que sea necesario para que acabe esto y pueda seguir deleitándole con las vistas.> Al acabar ésta frase pensé que mi osadía me jugaría en contra, pero no fue así. La cosa duró poco y en cuanto los policías se retiraron, el que había llevado el hilo de la conversación se detuvo y me miró con cara de desconcertado. En un principio parecía tener una gran curiosidad por desvelar el por qué de mis grabaciones pero rápidamente, supongo que cuando se dio cuento que no era un asesino, perdió todo interés.
Durante la conversación no hice otra cosa que penar en Enric, el amigo de Mateo Couto que se había propuesto hacer las oposiciones para entrar en el cuerpo de policia, argumentando que era la mejor forma de trabajar poco y ganar mucho dinero.
Me acordé que Enric era un tipo nefasto cinco años trabajando en una línea de montaje de una fábrica. Y no sabía como hacer para sentarse a estudiar.
Si algo sabía Mateo Couto era motivar a la gente, o embaucarla según el caso. A Enric lo ayudó a generar un complejo sistema de nemotécnia que acompañado con un cocktail de estupefacientes le ayudaría a concentrarse y mantenerse despierto durante durante largas. Finalmente Enric aprobó las oposiciones y entró en la academia. Desde aquel momento le perdimos el rastro.  


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