martes, 15 de noviembre de 2011

Capítulo 16


Dice Esther que soy un creído y un pedante. Un alto grado de resentimiento motiva sus palabras. Una crítica reciente que dirigí hacia su persona parece haber herido su susceptibilidad. Desde que su hermana se separó del novio es evidente que Esther se ha vuelto una persona monotemática, si es que ya no lo era con anterioridad. Cualquier cosa que suceda en el mundo es capaz de relacionarla con el pobre niño que todavía no cumplió dos años y le han colgado una mochila llena de problemas. El novio no solo abandonó a Cristina y al niño sino que desapareció de la faz de la tierra sin dejar más explicación que una pequeña nota en la que decía: esto no es para mí. Me atrevería decir que cada uno tiene lo que se merece. No me gustan las frases hechas pero en este caso creo que encaja perfectamente con la hermana de Esther.

Ahora Cristina interpreta el papel de víctima. Una estrategia para llamar la atención que a su vez  permite a Esther interpretar el papel de salvadora. Estoy convencido que abrió sus puertas reclamando ayuda y Esther literalmente la invadió. El sistema no parece dar soporte alguno a las madres solteras, los recursos para una crianza integral son insuficientes en la ciudad, los horarios de las guarderías son incompatibles con las madres trabajadoras, las instalaciones infantiles están descuidadas, los parques están repletos de padres nefastos que repiten un modelo de crianza obsoleto que se base de gritos y sarcasmo. Esther defiende a rajatabla toda una serie de teorías de crianza natural que distan enormemente del contexto en el que vivimos. No estoy haciendo una crítica de valores sobre lo que es correcto o incorrecto, solamente digo que su discurso serviría para una comunidad en la que todos adscribiesen a la idea idílica de volver a la naturaleza para vivir en armonía.

Me atrevería a afirmar que la palabra “debería” ha ganada tal preponderancia que es una de las más recurrentes en cada conversación con Esther. Las consignas precedidas de esta palabra se transforman en juicios. Cuando sus palabras son portadoras de verdad no hace otra cosa que ponerse por encima de todos aquellos que se equivocan. A pesar de esta actitud, indiscutiblemente altanera, Esther se atreve a ir diciendo que Boris Nebula es un creído y un pedante.


No pretendo convencer a nadie ni negarlo, soy todo eso que dices y mucho más. Confío en que de cada momento estoy sacando el máximo de provecho. La vanidad es un requisito para la autoestima. Si yo no creo en mí mismo no puedo pretender que nadie lo haga. Sin embargo, Esther, me molesta que lo digas y te creas con autoridad suficiente como para criticarme y manifiestes de forma sibilina todo aquello que consideras debería ser.

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