domingo, 29 de enero de 2012

Capítulo 33

Cada uno elige su propio destino. La elección de un camino implica la negación de otro. Por mucho que lo desee no puedo estar en dos lugares a la vez. Sin embargo una elección suele dotar de relevancia especial al camino descartado.

En el año 2003 abandoné la turbulencia de la noche. Después de un gran golpe me despedí del negocio de distribución de pastillas. Me trasladé a vivir a la Barceloneta y al poco tiempo empecé a trabajar de camarero en un Chiringuito en la playa de aquel barrio. Supongo que iba en busca de una experiencia nueva, porque el trabajo no lo necesitaba. Después de hacer la temporada, que duró desde abril hasta noviembre, terminé extenuado y decidí tomarme un año sabático. Tenía dinero de sobra como para permitirme eso y mucho más. A principios del año 2004 me trasladé al barrio de Sant Antoni y compartí piso con un tipo que se llamaba Martín. Poco tiempo después y a consecuencia de las conversaciones con mi compañero de piso, quien había estudiado publicidad en la Universidad de Palermo, decidí introducirme en el mundo de la publicidad. A pesar que Martín era de Córdoba había estudiado publicidad en Buenos Aires. Evidentemente era un tipo talentoso y muy creativo. Sin embargo trabajaba de teleoperador para una empresa proveedora de telefonía fija y móvil. En poco tiempo cree un dossier en el que recopilaba las mejores piezas publicitarias que simulaba haber realizado durante mi etapa de estudiante. Todos los anuncios eran un plagio de una revista especializada llamada Archive. La sorpresa de Martín fue descomunal cuando le anuncié que ingresaba a trabajar a la agencia de publicidad Mac Cann Ericsson. Aunque en un principio el puesto de redactor creativo al que me presenté se lo dieron a otra persona, durante el proceso de selección tuve la oportunidad de contactar con la directora del departamento de creatividad, una chica llamada Laura. A ella le expuse mi necesidad de hacer experiencia en una agencia de la categoría de Mac Cann Ericsson. Le dije que yo mismo costearía mi vida en la ciudad durante un período no inferior a seis meses, el tiempo óptimo para aprender y demostrar mi valía. Le propuse que mes a mes nos reuniéramos a revisar mi situación. Si no cumplía sus expectativas me marcharía al día siguiente de nuestra conversación. También le dije que si al sexto mes no me contrataban me largaría a otra agencia, incluso podía volver a argentina con mi experiencia a cuestas. Cosa que era absolutamente falsa, no tenía planes de volver a Argentina. Al quinto mes Laura me anunció que entraba en plantilla. Once meses después presenté mi renuncia. El ámbito de la publicidad es verdaderamente nefasto. No se como pude haber aguantado tanto tiempo. 

En el año 2006 decidí viajar a Adge, un pequeño pueblo de la costa francesa en el que había pasado un verano, allá por los años 80, junto a mi familia. Con la intención de conocer la rama de a familia paterna papá nos llevó a ese pueblito costero donde él hubo veraneado durante gran parte de su infancia y su adolescencia. Yo debía tener ocho o nueve años. En aquel entonces éramos solo dos hermanos. Cecilia todavía no había nacido. Originariamente la familia de papá era del Perigord pero solían pasar los veranos en la costa mediterránea. Con el correr de los años los abuelos se trasladaron a Montpelier y sus hijos, papá y sus dos hermanos acabaron trasladándose a Paris.
No estoy del todo seguro qué buscaba con aquel extraño regreso a Adge. Supongo que necesitaba algún rastro de papá y del abuelo.

Después de la muerte de los abuelos papá sufrió un cambio abismal. La relación con sus dos hermanos se deterioró hasta el punto que dejaron de hablase. Ambos parecían culpabilizarlo por el accidente en el que perdieron la vida los abuelos Pierre y Isabelle. El trágico incidente se produjo el año en que nació Cecilia. Los abuelos viajaron a Argentina para conocer a su nieta. En aquel entonces yo tenía once años, mi hermana María tenía siete y, como solía decir mi madre, Cecilia fue producto de un descuido. Sin embargo su llegada fue toda una revolución de cariño. Recuerdo el nacimiento de la pequeña como uno de los momentos más felices por los que atravesó la familia. Papá estaba realmente eufórico y su entusiasmo era contagioso. Los abuelos llegaron una semana después del nacimiento. Me trajeron de regalo una ballesta. Según me explicó Pierre en la zona de Perigord cazaban venados con ese tipo de armas. El abuelo era un excelente narrador. En cuestión de días la ballesta se transformó en el objeto más preciado de mi vida. Diariamente me dirigía al bosquecito, así llamábamos a la parte del fondo de la casa, unos doscientos metros que no eran más que el corazón de la manzana y en al que había unos diez o doce árboles, y allí hacía tiro al blanco con una diana de madera fabricada por el propio abuelo dos días después de llegar a Buenos Aires. La ballesta me trasportaba a aquellos mundos de fábula que narraba el abuelo mientras mi imaginación volaba. Daba gusto oírlo hablar. Cuando explicaba las peripecias que surgían en cada uno de sus viajes todos lo escuchaban con sumo interés. Yo me quedaba embobado escuchando su voz.

<Ya es hora de ir a dormir>

<Un ratito más> le suplicaba a papá. Minutos después me quedaba dormido en el sofá del living y me despertaba pensando que me había perdido algo realmente interesante. Por aquellos días el abuelo no paraba de hablar itinerario que realizarían en Brasil y de los lugares paradisíacos que visitarían. Por lo visto el viaje había estado largamente programado. En un principio tenían pensado estar allí dos meses. Sin embargo el abuelo solía decir que el viajar es una aventura llena de incertezas. Se sabe cuando empieza pero no se sabe cuando ni dónde se termina.

Un mes después de su llegada a Buenos Aires partieron rumbo a Bahía, lugar que el abuelo había fijado como punto de partida de su travesía brasileña. A partir de allí comenzarían a subir rumbo al Amazonas y un montón de lugares que mi memoria no retiene.

Uno de los temas preferidos del abuelo eran las armas y en especial los cuchillos. La primera vez que me dijo que me traería uno de Brasil no le presté demasiada atención. No había nada como aquella ballesta que día a día me trasportaba a la aventura inigualable de la imaginación. Pero el abuelo se encargó de despertar mi interés por los cuchillos. Cada cuchillo era diferente y tenía una función muy específica. Los primeros relatos de los cuchillos que se usaban para el combate cuerpo a cuerpo me dejaron boquiabierto. Me sorprendió que el abuelo supiese tantas formas de matar y los cuchillos más adecuados para cada caso. Antes de marchar rumbo a Brasil me preguntó qué tipo de cuchillo deseaba que me trajese. Le pedí un de esos pequeños y semicirculares que su utilizan para degollar jabalís, a sabiendas que ese era el que él hubiese elegido. Con el paso del tiempo comprendí que el abuelo intentaba hacer un paralelismo entre su vida y las armas. Se veía y quería que los demás lo viesen como un hombre peligroso. Solamente un hombre capaz de cualquier cosa es capaz de amar, lo oí decir una de esas noches en la que me negaba a dormir por miedo a perderme algo fundamental.

Una semana después que partieran rumbo a Brasil recibimos una llamada de la embajada de Francia en la que se nos informó de las extrañas circunstancias de un accidente automovilístico en el que habían perdido la vida Pierre y Isabelle.

Dejé el trabajo en Mac Cann Ericsson porque estaba realmente decepcionado. Deseaba irme de Barcelona a toda costa. Sentía que todo cuanto me había propuesto lo había conseguido pero sin embargo no había avanzado nada. Asimismo sentía que el integrarme al sistema laboral que proponía la ciudad de Barcelona no producía felicidad. El truco radica en que el sistema te ofrece algo que es demasiado atractivo como para rechazarlo. Además te lo expone con una meta fácilmente alcanzable. Sientes que lo tienes casi en la punta de los dedos. Te esfuerzas al máximo, pero nunca llegas.
Me dejé engañar como un niño. Supongo que seguía atado a mi pasado. Quería demostrar que no necesitaba la ayuda de nadie para trazar mi propio camino. Llevaba cuatro años declinando los ofrecimientos familiares. Después de que mis padres intentaran extorsionarme, amenazándome con cerrarme el gripo, para que volviese a Argentina, decidí olvidarme de aquella cuenta y arreglármelas solo. Cuando comprobaron que el método no me persuadía volvieron a depositar dinero para que mis necesidades estuviesen cubiertas. Como si temieran perderme o estuviesen inmersos en una competencia para demostrar quién me quiere más. Sin embargo yo ya había hecho un colchón interesante con la venta de pastilla de éxtasis y no pensaba dar el brazo a torcer.

De un día para el otro decidí que eso de romperse la cabeza frente a la pantalla del ordenador para beneficio ajeno no me salía a cuenta. Para colmo Laura, la directora creativa, no solo se atribuía mis ideas como suyas sino que intentaba hacerme creer que acabaríamos ganando premios importantes que repercutirían la posibilidad de acceder a una participación de las ganancias de la agencia. La obviedad de aquella falacia era indignante. Desde mi punto de vista una mentira es un hecho creativo, una maquinaria tan bien estructurada que nadie se percata del engaño. Sin embargo aquello era descaradamente un insulto en mi cara. Tan tota eres Laura como para pensar que soy tan tonto.

Todavía tenía algunos ahorros. Ni tan solo necesitaba tocar la cuenta del banco argentino. Por mucho que sistemáticamente recibía algún correo recordándome que había un dinerito para mi uso y disfrute.

<Estamos preocupados. Vení a visitarnos. Tu papá no esta muy bien de salud. Estamos en un proceso de reconciliación. Ni siquiera sabemos tu dirección en Barcelona. No nos hagas esto.>

A la semana siguiente de dejar el trabajo en Mac Cann Ericsson crucé la frontera francesa y me dirigía a Adge. A pesar que los recuerdos de aquel lugar eran bastante difusos sentí que aquel era el mejor lugar para empezar de cero, escudarme en el anonimato y reinventarme a cada paso. Viajar tiene un componente de búsqueda y otro de huída. Antes de partir (me encanta la palabra partir porque describe perfectamente lo que sentí a dejar la ciudad de Barcelona: ganas de partirle de un portazo todos los vidrios de la oficina de Laura, partir en mil pedazos todos los recuerdos de aquella etapa y tirarlos a la basura, generar un quiebre y a partir de entonces no mirar hacia atrás) decidí que al llegar a Adge no sería Gastón Carsac. No quería ser el hijo de éste o el nieto de aquel. Me presentaría como un amigo de la familia Carsac. Diría que soy Boris Nebula y que venía a preparar una reunión conmemorativa de los 20 años de la muerte de Pierre i Isabelle.  Estaba seguro que en aquel pueblo encontraría huellas de mis abuelos y de mi padre. Tal vez recuperaría la alegría que mi padre perdió. Rescataría algún rasgo de la personalidad avasallante del abuelo. Reconstruiría lo que aquellos 20 años podrían haber sido si la fatídica muerte no lo hubiese sorprendido en una carretera de Brasil.  

La elección de un camino implica la negación de otro. Sin embargo aquellos caminos descartados un día se presentan a golpear la conciencia con insistencia. Cada mañana me niego a escuchar la voz del remordimiento. El presente es demandante de urgencia y detesta las vacilaciones.

viernes, 20 de enero de 2012

Capítulo 31


Sin hacer un gran esfuerzo de memoria puedo describir con lujo de detalles el techo de mi habitación. No importa cuantas horas de sueño me queden por delante, diariamente mi mirada desvelada se posa en cada una de las manchas de humedad, las sombras, las irregularidades del enyesado, las marcas de los mosquitos aplastados con alguna camiseta sucia o incluso con un zapato y en éste caso además del mosquito la suela visiblemente estampada. Habitualmente me acuesto tarde. La noche me atrae como un imán. Recorro el pueblo. Dejo que caigan un par de cervezas. Vuelvo a casa. Calculo el poco tiempo que tengo para conciliar el sueño, antes que el despertador me invite a alistarme para ir a trabajar. Al recostarme sobre la almohada veo una parte de la habitación iluminada por la farola de la calle y el contraste con la oscuridad interior. La manía de dormir con las persianas abiertas se remonta al principio de mis noches de insomnio. Hasta que uno no se acostumbra a ese estado la situación es bastante desconcertare. Tener insomnio no significa solamente dormir poco, significa estar poco tiempo despierto y el resto del día vivirlo en un estado intermedio entre la somnolencia i el sonambulismo. En ese entonces decidí que las persianas debían permanecer siempre subidas. Si era de día tenía que saberlo, al igual que si era de noche. No podía soportar levantarme sin saber la hora del día, dónde estaba y ni siquiera quién era. Con el tiempo uno se acostumbra casi a cualquier cosa. A medida que pasan los minutos mis  ojos se habitúan y allí donde había oscuridad o sombra se distingue claramente la forma de una pequeña nube amarillenta que la humedad estampó en el techo. Poco a poco las demás manchas aparecen y se graban en mi memoria hasta que finalmente me quedo dormido.

Llevo una temporada larga repitiendo el mismo ritual. El insomnio empezó unos meses después de llegar a éste lugar. Para ser más exacto me trasladé a Blanes en el año 2007, cuando el contrato de prácticas se trasformó en contrato de obra y servicio para un proyecto de larga duración en el departamento de marketing de una importante empresa proveedora de servicios turísticos. Tanto tiempo y tantas cosas han pasado, y yo todavía sigo en el mismo puesto de trabajo y mirando el mismo techo de un pequeño apartamento en la zona céntrica con el que me hipotequé a 30 años.

<No cambias nunca Boris Nebula> me dijo Enrique cuando me encontró bailando con los dos brazos en algo, en medio del bar L’Ancla, haciendo alarde de mis instintos más primitivos, dirigiendo mi mirada y media sonrisa a una mesa del fondo en la que un par de chicas ocultaban su pudor.

Aunque algo de razón tiene, me molesta mucho que me lo diga. Justamente a mí que he alimentado mi faceta camaleónica y me he empecinado en cambiar sistemáticamente. No puedo obviar el hecho de que llevo demasiado tiempo repitiendo la misma rutina, empecinado en los mismos personajes y atascado en el mismo techo. Sin embargo hubo un antes. Un pasado que ni Enrique ni nadie en este pueblo conoce. Si sucedió una vez puede volver a suceder. El simple hecho de que alguien pueda llegar a pensar que soy y seré de la misma manera durante toda la vida me resulta indignante. Un claro síntoma de que la situación esta llegando a su límite.

lunes, 9 de enero de 2012

Capítulo 29


Dice Joan que en su casa le inculcaron la necesidad de ser alguien en la vida. Lo dice con orgullo, como si eso fuese uno de los legados familiares más importantes de su vida. A mi entender el problema de ésta enseñanza es que promueve la aceptación de que existen dos tipos de personas: los que son alguien y los que no son nadie. La diferenciación entre estos dos grupos genera mucho más que una categorización. Promueve un tipo de pensamiento bilateral, como si la vida fuese una película de Hollywood donde se pueden distinguir los buenos y los malos. Un razonamiento bastante simple que amaga la pedantería de insinuar pertenecer al grupo superior. Acepto que existen diferentes categorías de personas y que algunos valemos más que otros. Sin embargo los parámetros con los que se mide a ambos grupos suelen ser bastante engañosos. Para empezar estoy convencido que a Joan no le sugirieron que ser alguien implicaba encontrase a sí mismo. Ni mucho menos una lucha por conocerse a fondo o la búsqueda de la armonía de quien conoce su razón de ser. Desde ningún punto de vista pretendo juzgar a los padres de Joan, que hicieron lo que buenamente pudieron, y lo hicieron mal, igual que todos los padres. No disponían de todas las alternativas, no sabían nada de pedagogía,  estaban demasiado influenciados por la realidad social de aquella época, o por lo que fuera. A pesar de sus buenas intenciones lo hicieron mal. El legado fue que debía destacar y obtener reconocimiento.

A todo esto había que añadir la metodología del fracasado. Es evidente que la Guerra Civil Española afectó a toda una generación, pero también sirvió de escondrijo a un montón de personas que no sabían lo que querían y encontraron en la coyuntura la escusa perfecta para justificar el hecho de no haber alcanzado sus sueños. Una quimera en la que creen sin remisión. Sus sueños truncados que son idealizados en una fantasía imposible. Por ese motivo proyectan sus sueños, en sus hijos, incitándolos a que los cumplan. El mensaje acaba siendo: yo sacrifiqué mi vida, incluso mis sueños, para que tú puedas ser alguien en la vida. Algunos padres utilizarán un sistema de extorsión basado en la culpa y se encargan de recriminar todo cuanto hicieron por sus hijos.

<Te cambié los pañales, te fui a buscar al colegio, te di de comer, te pagué los estudios> dicen como quien hace un ejercicio de memoria que a simple vista parece inocente pero que exige un reconocimiento y la obligación a no defraudar.

A pesar de haberse negado a estudiar abogacía, tal como le habían sugerido durante años, Joan nunca se desligó de las expectativas de éxito que sus padres le inculcaron. Alimentó el sueño de sus padres insinuando que acabaría siendo doctor y que a corto plazo se vincularía un selecto grupo de poder. Menuda tontería. Sin embargo, lo que realmente me resulta chocante es que Joan siga pensando que finalmente llagará a ser alguien en esta vida.

El peligro de esta postura, Joan, es que estás poniendo el listón muy alto. No hay un resquicio para una posición intermedia, o se triunfa o se fracasa. Esta postura podría parecer arriesgada, típicamente de alguien que se juega el todo por el todo. Sin embargo los parámetros de éxito vienen impuestos desde afuera y ahí radica la vulnerabilidad de esta enseñanza. A la hora de tomar una decisión difícilmente se pueden descifrar las expectativas de los demás. Todo aquello que tu padre no pudo ser viene implícito en el concepto de admiración que el mismo te enseño.

En aquel entonces mi realidad corría por avatares diferentes. En argentina el gobierno militar pegaba sus últimos coletazos, pero en casa vivíamos en una realidad paralela. Los contactos diplomáticos de papá y las relaciones de mamá me mantuvieron al margen de cualquier tipo de conflictos sociales. Además mamá estaba demasiado ocupada intentando ser la anfitriona perfecta de las veladas que ofrecía en casa para los círculos más exclusivos de la ciudad de Buenos Aires. Mientras que papá estaba demasiad ocupado en sus viajes o festejando a sus amantes. Afortunadamente intentaban inculcarme ser alguien. Las empleadas domésticas me criaban o me cuidaban, que para el caso es lo mismo. Ahora se que papá las correteaba por los pasillos y por eso mamá las despedía con tanta frecuencia. En casa nadie depositó demasiadas expectativas sobre lo que yo debería ser. Siempre fui lo que quise ser, dependiendo de las circunstancias y los humores. No estoy intentando decir que mi crianza fue mejor que la de Joan. Simplemente pretendo reforzar la idea del papel que juega impronta de nuestro pasado y la importancia de entender hasta qué punto actuamos influenciados por aquellas circunstancias. Identificar el origen puede ayudarnos a buscar una actitud basada en nuestra propia voluntad.     

jueves, 5 de enero de 2012

Capítulo 28


La felicidad está en la antesala de la felicidad. Una frase magnífica, Esther. De tus últimas sentencias me atrevería a decirte que es la mejor. Me encantaron sobretodo la variedad de ejemplos desprendieron que esa frase. Recuerdo especialmente el de la persona que planifica un viaje. En ese momento todos los presentes nos identificamos con ella. Su ilusión se ve proyectada en cada uno de los pasajes de ese viaje que de momento solamente existe en su imaginación y fantasía. El entusiasmo que deposita en aquella aventura. Las ganas de respirar un aire nuevo, desconectar y cambiar momentáneamente de realidad. El viaje todavía no ha comenzado y la felicidad ya campa a sus anchas en la mente del viajero. Cuando llega el momento del viaje los acontecimientos simplemente suceden. Muchas veces se cumple estrictamente, como si fuese un deber, con aquello que se ha planificado. La plenitud de aquel momento previo es inalcanzable. Incluso hay personas que en pleno viaje vuelven a situarse en la antesala de la felicidad, imaginándose la envidia que despertará en sus amigos cuando les enseñe las fotos. Entonces se dedica a disparar a mansalva con su cámara última generación. Puede ver las caras que pondrán sus amigos el día que los reúna en su casa y proyecte las imágenes que en este mismo momento está capturando. Apenas si ha comprado los pasajes y el viajero ya proyectó su felicidad hasta en el más mínimo de los detalles.

Me atrevería a decir, Esther, que es una de las citas más contundentes que has dicho en estos últimos tiempos. Sin embargo me gustaría ir un poco más allá. De la misma manera que la felicidad está en la antesala de la felicidad, la tristeza está en la antesala de de tristeza. Para este caso también hay millares de ejemplos. Sin embargo hay uno que especialmente me gustaría referenciar porque nos toca de cerca. Recuerdo una temporada larga en la que Enrique vivía atemorizado porque veía peligrar su puesto de trabajo. Imaginaba que no encontraría otro. La alternativa de volver a vivir con sus pares lo aterrorizaba. Especuló con que no le pagarían ningún tipo de indemnización. Dos años después finalmente lo echaron. A las pocas semanas de haber cobrado la indemnización Enrique consiguió un trabajo aún mejor del que tenía. La mala inversión es evidente. La antesala no es más que una perdida de tiempo.

El estilo con el que Ester envuelve todo su discurso de un cierto misticismo suele ser muy eficiente cuando se rodea de personas que necesitan desesperadamente una fórmula que puedan aplicar a su vida. A pesar que todas sus afirmaciones vienen precedidas de referencias a filosofías orientales me atrevería a decir que todo viene del mismo libro de autoayuda. Pequeñas recetas encapsuladas que reparte como caramelos en la puesta de la escuela. Demasiado simple. La verdad es algo que cada uno descubre por su cuenta. Ese tipo de sentencias, lejos de estimular el pensamiento propio de sus interlocutores lo que busca son adeptos. La vida está en la antesala de la vida. Hay vida antes de la muerte. 

domingo, 1 de enero de 2012

Capítulo 27


La debilidad de mi padre por las empleadas domésticas era algo más que sabido. Recuerdo haber escuchado, ya desde muy pequeño, diferentes comentarios que hacían referencia a ésta flaqueza. Hay una anécdota que mamá explicaba con frecuencia que lo evidenciaba. Papá acababa de llegar de Francia y causó muy buena impresión en un selecto círculo de intelectuales porteños. Era un tipo educado, inteligente, elegante y bien parecido. Las pocas palabras que decía en castellano sonaban empalagosas y encantadoras. Mi madre decía que escucharlo hablar era un placer. Por aquel entonces cualquier reminiscencia europea era sinónimo de prestigio. La buena relación con las personas más influyentes en el ámbito cultural estaba respaldada por el apoyo incondicional de cónsul francés en Argentina. El aire bohemio y el desparpajo con el que actuaba contribuyeron a transformarlo en el objeto de deseo de todas las mujeres de la alta sociedad, según palabras textuales de mi madre. Sin embargo él no demostró gran interés por este círculo de mujeres. Mi padre solía ausentarse de las reuniones y cócteles. En el momento más inesperado, como por arte de magia, simplemente desaparecía. Cuando el baile se daba por iniciado, y la alta alcurnia debate su futuro en los vínculos del poder, papá se desliza con habilidad hacia la trastienda. Rehuyendo al bullicio y a la parafernalia de aquellas reuniones se escabullía en la cocina para zambullirse de pleno a las conversaciones con el servicio doméstico. Cuando los anfitriones lo descubrían, habitualmente con una copa en la mano, acogían su actitud con simpatía. Posiblemente considerasen aquello como una especie de inquietud sociológica. El extranjero que intenta conocer las diferentes realidades de aquella sociedad. Pero hubo una noche particularmente nefasta en la que el francés desapareció, como era su costumbre, cuando todos pensaban que se había marchado apareció con la cara ensangrentada. Lo más extraño fue el silencio que se generó alrededor de este acontecimiento. Incluso después de aquel misterioso escándalo todo cuanto hiciera papá seguía siendo considerado una excentricidad.

En casa del abuelo papá fue mucho más atrevido. Llegaba preguntando por el abuelo, después se citaba con mamá y antes de retirarse preguntaba por una empleada con quien había generado una excelente relación. El interés por la paraguaya que trabajaba en casa del abuelo llegó a tal grado que no se sabía exactamente a quién visitaba papá en aquella casa.  Un día el abuelo le propuso costear los gastos de un viaje a Europa acompañado de su hija. Por lo que explicaba mamá el abuelo estaba interesado en sacar a papá durante una temporada de Buenos Aires. Cuando regresaron del viaje la paraguaya ya no trabajaba en casa del abuelo. Papá recibió una interesante oferta vinculada con el ministerio de cultural. Y poco tiempo después se anunció el enlace que uniría a mis padres.

La historia de aquellos años la escuche mil veces en boca de mamá y otras tantas en boca del abuelo, quien no perdía oportunidad para criticar a su yerno. Los matices eran diferentes dependiendo quien la narrara. La narración de mamá intentaba ser pintoresca pero acababa revelando una información bastante escabrosa. El abuelo, por su parte hacía constantemente referencia a las debilidades de mi padre. Principalmente la debilidad por el dinero, la debilidad por los viajes y la debilidad por las empleadas domésticas. Mandado a despotricar el abuelo, en algunas ocasiones, hacía referencia a la debilidad de su hija por ser el centro de atención en las reuniones sociales y por el despilfarro desmedido de la riqueza familiar.

A mí me toco criarme en un ambiente en el que los placeres eran considerados debilidades. Ahora lo veo claro. Mi debilidad por la noche, mi debilidad por escapar, mi debilidad por trasformarme continuamente, mi debilidad por las mujeres, mi debilidad por los excesos y la buena vida, todo eso no es más que un eufemismo para no admitir aquellas pasiones que socialmente está mal vistas. Soy débil y no me avergüenzo.