Sin hacer un gran esfuerzo de memoria puedo describir con lujo de detalles el techo de mi habitación. No importa cuantas horas de sueño me queden por delante, diariamente mi mirada desvelada se posa en cada una de las manchas de humedad, las sombras, las irregularidades del enyesado, las marcas de los mosquitos aplastados con alguna camiseta sucia o incluso con un zapato y en éste caso además del mosquito la suela visiblemente estampada. Habitualmente me acuesto tarde. La noche me atrae como un imán. Recorro el pueblo. Dejo que caigan un par de cervezas. Vuelvo a casa. Calculo el poco tiempo que tengo para conciliar el sueño, antes que el despertador me invite a alistarme para ir a trabajar. Al recostarme sobre la almohada veo una parte de la habitación iluminada por la farola de la calle y el contraste con la oscuridad interior. La manía de dormir con las persianas abiertas se remonta al principio de mis noches de insomnio. Hasta que uno no se acostumbra a ese estado la situación es bastante desconcertare. Tener insomnio no significa solamente dormir poco, significa estar poco tiempo despierto y el resto del día vivirlo en un estado intermedio entre la somnolencia i el sonambulismo. En ese entonces decidí que las persianas debían permanecer siempre subidas. Si era de día tenía que saberlo, al igual que si era de noche. No podía soportar levantarme sin saber la hora del día, dónde estaba y ni siquiera quién era. Con el tiempo uno se acostumbra casi a cualquier cosa. A medida que pasan los minutos mis ojos se habitúan y allí donde había oscuridad o sombra se distingue claramente la forma de una pequeña nube amarillenta que la humedad estampó en el techo. Poco a poco las demás manchas aparecen y se graban en mi memoria hasta que finalmente me quedo dormido.
Llevo una temporada larga
repitiendo el mismo ritual. El insomnio empezó unos meses después de llegar a éste
lugar. Para ser más exacto me trasladé a Blanes en el año 2007, cuando el
contrato de prácticas se trasformó en contrato de obra y servicio para un
proyecto de larga duración en el departamento de marketing de una importante
empresa proveedora de servicios turísticos. Tanto tiempo y tantas cosas han pasado,
y yo todavía sigo en el mismo puesto de trabajo y mirando el mismo techo de un
pequeño apartamento en la zona céntrica con el que me hipotequé a 30 años.
<No cambias nunca
Boris Nebula> me dijo Enrique cuando me encontró bailando con los dos brazos
en algo, en medio del bar L’Ancla, haciendo alarde de mis instintos más
primitivos, dirigiendo mi mirada y media sonrisa a una mesa del fondo en la que
un par de chicas ocultaban su pudor.
Aunque algo de razón
tiene, me molesta mucho que me lo diga. Justamente a mí que he alimentado mi
faceta camaleónica y me he empecinado en cambiar sistemáticamente. No puedo
obviar el hecho de que llevo demasiado tiempo repitiendo la misma rutina,
empecinado en los mismos personajes y atascado en el mismo techo. Sin embargo
hubo un antes. Un pasado que ni Enrique ni nadie en este pueblo conoce. Si
sucedió una vez puede volver a suceder. El simple hecho de que alguien pueda
llegar a pensar que soy y seré de la misma manera durante toda la vida me
resulta indignante. Un claro síntoma de que la situación esta llegando a su límite.
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