La debilidad de mi padre
por las empleadas domésticas era algo más que sabido. Recuerdo haber escuchado,
ya desde muy pequeño, diferentes comentarios que hacían referencia a ésta flaqueza.
Hay una anécdota que mamá explicaba con frecuencia que lo evidenciaba. Papá
acababa de llegar de Francia y causó muy buena impresión en un selecto círculo
de intelectuales porteños. Era un tipo educado, inteligente, elegante y bien
parecido. Las pocas palabras que decía en castellano sonaban empalagosas y
encantadoras. Mi madre decía que escucharlo hablar era un placer. Por aquel
entonces cualquier reminiscencia europea era sinónimo de prestigio. La buena
relación con las personas más influyentes en el ámbito cultural estaba
respaldada por el apoyo incondicional de cónsul francés en Argentina. El aire
bohemio y el desparpajo con el que actuaba contribuyeron a transformarlo en el
objeto de deseo de todas las mujeres de la alta sociedad, según palabras
textuales de mi madre. Sin embargo él no demostró gran interés por este círculo
de mujeres. Mi padre solía ausentarse de las reuniones y cócteles. En el
momento más inesperado, como por arte de magia, simplemente desaparecía. Cuando
el baile se daba por iniciado, y la alta alcurnia debate su futuro en los
vínculos del poder, papá se desliza con habilidad hacia la trastienda.
Rehuyendo al bullicio y a la parafernalia de aquellas reuniones se escabullía
en la cocina para zambullirse de pleno a las conversaciones con el servicio
doméstico. Cuando los anfitriones lo descubrían, habitualmente con una copa en
la mano, acogían su actitud con simpatía. Posiblemente considerasen aquello
como una especie de inquietud sociológica. El extranjero que intenta conocer
las diferentes realidades de aquella sociedad. Pero hubo una noche
particularmente nefasta en la que el francés desapareció, como era su
costumbre, cuando todos pensaban que se había marchado apareció con la cara
ensangrentada. Lo más extraño fue el silencio que se generó alrededor de este
acontecimiento. Incluso después de aquel misterioso escándalo todo cuanto
hiciera papá seguía siendo considerado una excentricidad.
En casa del abuelo papá
fue mucho más atrevido. Llegaba preguntando por el abuelo, después se citaba
con mamá y antes de retirarse preguntaba por una empleada con quien había
generado una excelente relación. El interés por la paraguaya que trabajaba en
casa del abuelo llegó a tal grado que no se sabía exactamente a quién visitaba
papá en aquella casa. Un día el abuelo
le propuso costear los gastos de un viaje a Europa acompañado de su hija. Por
lo que explicaba mamá el abuelo estaba interesado en sacar a papá durante una
temporada de Buenos Aires. Cuando regresaron del viaje la paraguaya ya no trabajaba
en casa del abuelo. Papá recibió una interesante oferta vinculada con el
ministerio de cultural. Y poco tiempo después se anunció el enlace que uniría a
mis padres.
La historia de aquellos
años la escuche mil veces en boca de mamá y otras tantas en boca del abuelo,
quien no perdía oportunidad para criticar a su yerno. Los matices eran
diferentes dependiendo quien la narrara. La narración de mamá intentaba ser
pintoresca pero acababa revelando una información bastante escabrosa. El
abuelo, por su parte hacía constantemente referencia a las debilidades de mi
padre. Principalmente la debilidad por el dinero, la debilidad por los viajes y
la debilidad por las empleadas domésticas. Mandado a despotricar el abuelo, en
algunas ocasiones, hacía referencia a la debilidad de su hija por ser el centro
de atención en las reuniones sociales y por el despilfarro desmedido de la
riqueza familiar.
A mí me toco criarme en
un ambiente en el que los placeres eran considerados debilidades. Ahora lo veo
claro. Mi debilidad por la noche, mi debilidad por escapar, mi debilidad por
trasformarme continuamente, mi debilidad por las mujeres, mi debilidad por los
excesos y la buena vida, todo eso no es más que un eufemismo para no admitir
aquellas pasiones que socialmente está mal vistas. Soy débil y no me
avergüenzo.
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