domingo, 1 de enero de 2012

Capítulo 27


La debilidad de mi padre por las empleadas domésticas era algo más que sabido. Recuerdo haber escuchado, ya desde muy pequeño, diferentes comentarios que hacían referencia a ésta flaqueza. Hay una anécdota que mamá explicaba con frecuencia que lo evidenciaba. Papá acababa de llegar de Francia y causó muy buena impresión en un selecto círculo de intelectuales porteños. Era un tipo educado, inteligente, elegante y bien parecido. Las pocas palabras que decía en castellano sonaban empalagosas y encantadoras. Mi madre decía que escucharlo hablar era un placer. Por aquel entonces cualquier reminiscencia europea era sinónimo de prestigio. La buena relación con las personas más influyentes en el ámbito cultural estaba respaldada por el apoyo incondicional de cónsul francés en Argentina. El aire bohemio y el desparpajo con el que actuaba contribuyeron a transformarlo en el objeto de deseo de todas las mujeres de la alta sociedad, según palabras textuales de mi madre. Sin embargo él no demostró gran interés por este círculo de mujeres. Mi padre solía ausentarse de las reuniones y cócteles. En el momento más inesperado, como por arte de magia, simplemente desaparecía. Cuando el baile se daba por iniciado, y la alta alcurnia debate su futuro en los vínculos del poder, papá se desliza con habilidad hacia la trastienda. Rehuyendo al bullicio y a la parafernalia de aquellas reuniones se escabullía en la cocina para zambullirse de pleno a las conversaciones con el servicio doméstico. Cuando los anfitriones lo descubrían, habitualmente con una copa en la mano, acogían su actitud con simpatía. Posiblemente considerasen aquello como una especie de inquietud sociológica. El extranjero que intenta conocer las diferentes realidades de aquella sociedad. Pero hubo una noche particularmente nefasta en la que el francés desapareció, como era su costumbre, cuando todos pensaban que se había marchado apareció con la cara ensangrentada. Lo más extraño fue el silencio que se generó alrededor de este acontecimiento. Incluso después de aquel misterioso escándalo todo cuanto hiciera papá seguía siendo considerado una excentricidad.

En casa del abuelo papá fue mucho más atrevido. Llegaba preguntando por el abuelo, después se citaba con mamá y antes de retirarse preguntaba por una empleada con quien había generado una excelente relación. El interés por la paraguaya que trabajaba en casa del abuelo llegó a tal grado que no se sabía exactamente a quién visitaba papá en aquella casa.  Un día el abuelo le propuso costear los gastos de un viaje a Europa acompañado de su hija. Por lo que explicaba mamá el abuelo estaba interesado en sacar a papá durante una temporada de Buenos Aires. Cuando regresaron del viaje la paraguaya ya no trabajaba en casa del abuelo. Papá recibió una interesante oferta vinculada con el ministerio de cultural. Y poco tiempo después se anunció el enlace que uniría a mis padres.

La historia de aquellos años la escuche mil veces en boca de mamá y otras tantas en boca del abuelo, quien no perdía oportunidad para criticar a su yerno. Los matices eran diferentes dependiendo quien la narrara. La narración de mamá intentaba ser pintoresca pero acababa revelando una información bastante escabrosa. El abuelo, por su parte hacía constantemente referencia a las debilidades de mi padre. Principalmente la debilidad por el dinero, la debilidad por los viajes y la debilidad por las empleadas domésticas. Mandado a despotricar el abuelo, en algunas ocasiones, hacía referencia a la debilidad de su hija por ser el centro de atención en las reuniones sociales y por el despilfarro desmedido de la riqueza familiar.

A mí me toco criarme en un ambiente en el que los placeres eran considerados debilidades. Ahora lo veo claro. Mi debilidad por la noche, mi debilidad por escapar, mi debilidad por trasformarme continuamente, mi debilidad por las mujeres, mi debilidad por los excesos y la buena vida, todo eso no es más que un eufemismo para no admitir aquellas pasiones que socialmente está mal vistas. Soy débil y no me avergüenzo.

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