Me atrevería a decir que
tanto Esther como Joan rigen su vida por el reloj. Se levantan rutinariamente a
la misma hora. Tienen un tiempo prefijado para desayunar, para ducharse, para
llegar al trabajo, para comer y seguramente para alcanzar un orgasmo. Son el
tipo de personas que tienen establecido un momento del día para hacer ejercicios,
otro para leer el periódico y otro para mirar tele.
A diferencia de Enrique
que utiliza el reloj como símbolo de estatus. Lo luce con altanería. Se lo deja
olvidado en cualquier sitio. No le importa llegar tarde ni despertarse cada día
a una hora distinta. Demora el tiempo que haga falta para comer. Tanto Esther
como Joan colapsarían si un día se olvidasen el reloj en casa.
Esther busca en el rigor
un estado de purificación interior que la acerque a la plenitud espiritual. Joan,
por su parte, intenta lavar su conciencia. Porque en algún momento debe haber
hecho algo muy malo. Semejante actitud no puede más que reflejar un
remordimiento. Es por eso que se desvive en encontrar una compensación que lo
redima de alguna de sus faltas.
Esther se levanta a las 6:20
de la mañana. Sistemáticamente toma un vaso de agua. Va al baño. Se lava los
dientes y la cara. Dedica exactamente 45 minutos de reloj en hacer yoga y 30
minutos de meditación. En un cuanto de hora se baña y en otro se arregla para
salir. A las 8:05 sale de su casa como para llegar a trabajar antes de las y
media. Todos los días sigue la misma rutina a excepción de los sábados y
domingos que retraza todo el proceso una hora y antes de las 9:30 esta paseando
por el paseo marítimo. Todo es tan obvio y previsible que contradice la esencia
cambiante y contradictoria de la vida. Cuando se persigue una cosa puede que se
trasforme en la contraria.
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