lunes, 19 de diciembre de 2011

Capítulo 25


Me cuesta horrores retractarme, siempre ha sido así. Las decisiones que tomé en un momento determinado tienen su razón de ser. Si en aquel entonces valoré mi conducta como la más apropiada entonces no tengo razón para arrepentirme. Aunque las consecuencias de mi conducta no sean las esperadas. En todo caso más que retractarme lo que haré es contemplar nuevas variables para actuar en consecuencia en un futuro. Incluso las reacciones espontáneas que son las que suelen generar más polémica no son dignas de arrepentimiento. En ellas aflora el inconciente. Un estado puro que no pasa por ningún filtro ni especulación. Retractarme es contradecir mi naturaleza.

Un recuerdo de infancia me sitúa en lo alto de un árbol, con la bicicleta de una amiga de mi hermana. Mi madre me ordena que la baje y acto seguido que pida disculpas. Incluso espera que me arrepienta. En ese momento supongo que lo mejor es explicarle a la niña los motivos que me han llevado a subir su bicicleta hasta lo más alto del árbol. Pero al enfrentarme con su cara compungida me es imposible contener la risa. Mi intención es divertirme pero sin ofender a nadie. Intento que ella se ponga en mi lugar y se mire a través de mis ojos. Pero lo único que logro es ofenderla y ridiculizarla. ¿De dónde sale tanta susceptibilidad? Los adultos se posesionan a favor de ella. Las rubias siempre resultan enternecedoras. Al verle los ojos vidriosos, conteniendo las lágrimas, lo único que puedo pensar es en abrazarla y brindarle consuelo. El estallido de la risa es incontenible. Me imagino sobándole el hombro frente a una concurrencia claramente crispada.

Volver atrás es imposible y por tanto retractarme carece de sentido. Retomando el caso de la niña ofendida, por mucho perdón que le pidiera no iba poder borrar de su cabeza las risas de la cual fue objeto, y mucho menos el sarcasmo con el que la describí intentando explicarle como se veía ella a través de mis ojos. No puedo retractarme. No me interesa cuestionar en términos morales aquellas imágenes que se suscitaron e mi cabeza mientras subía la bicicleta e imaginaba la cara de los invitados al encontrarla enganchada de la punta del árbol cual estrella que corona el árbol de navidad. Todo aquello que mi mente generó es indeleble. No me da la gana echar atrás el camino andado.

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