miércoles, 28 de diciembre de 2011

Capítulo 26


Me atrevería a decir que tanto Esther como Joan rigen su vida por el reloj. Se levantan rutinariamente a la misma hora. Tienen un tiempo prefijado para desayunar, para ducharse, para llegar al trabajo, para comer y seguramente para alcanzar un orgasmo. Son el tipo de personas que tienen establecido un momento del día para hacer ejercicios, otro para leer el periódico y otro para mirar tele.

A diferencia de Enrique que utiliza el reloj como símbolo de estatus. Lo luce con altanería. Se lo deja olvidado en cualquier sitio. No le importa llegar tarde ni despertarse cada día a una hora distinta. Demora el tiempo que haga falta para comer. Tanto Esther como Joan colapsarían si un día se olvidasen el reloj en casa.

Esther busca en el rigor un estado de purificación interior que la acerque a la plenitud espiritual. Joan, por su parte, intenta lavar su conciencia. Porque en algún momento debe haber hecho algo muy malo. Semejante actitud no puede más que reflejar un remordimiento. Es por eso que se desvive en encontrar una compensación que lo redima de alguna de sus faltas.

Esther se levanta a las 6:20 de la mañana. Sistemáticamente toma un vaso de agua. Va al baño. Se lava los dientes y la cara. Dedica exactamente 45 minutos de reloj en hacer yoga y 30 minutos de meditación. En un cuanto de hora se baña y en otro se arregla para salir. A las 8:05 sale de su casa como para llegar a trabajar antes de las y media. Todos los días sigue la misma rutina a excepción de los sábados y domingos que retraza todo el proceso una hora y antes de las 9:30 esta paseando por el paseo marítimo. Todo es tan obvio y previsible que contradice la esencia cambiante y contradictoria de la vida. Cuando se persigue una cosa puede que se trasforme en la contraria.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Capítulo 25


Me cuesta horrores retractarme, siempre ha sido así. Las decisiones que tomé en un momento determinado tienen su razón de ser. Si en aquel entonces valoré mi conducta como la más apropiada entonces no tengo razón para arrepentirme. Aunque las consecuencias de mi conducta no sean las esperadas. En todo caso más que retractarme lo que haré es contemplar nuevas variables para actuar en consecuencia en un futuro. Incluso las reacciones espontáneas que son las que suelen generar más polémica no son dignas de arrepentimiento. En ellas aflora el inconciente. Un estado puro que no pasa por ningún filtro ni especulación. Retractarme es contradecir mi naturaleza.

Un recuerdo de infancia me sitúa en lo alto de un árbol, con la bicicleta de una amiga de mi hermana. Mi madre me ordena que la baje y acto seguido que pida disculpas. Incluso espera que me arrepienta. En ese momento supongo que lo mejor es explicarle a la niña los motivos que me han llevado a subir su bicicleta hasta lo más alto del árbol. Pero al enfrentarme con su cara compungida me es imposible contener la risa. Mi intención es divertirme pero sin ofender a nadie. Intento que ella se ponga en mi lugar y se mire a través de mis ojos. Pero lo único que logro es ofenderla y ridiculizarla. ¿De dónde sale tanta susceptibilidad? Los adultos se posesionan a favor de ella. Las rubias siempre resultan enternecedoras. Al verle los ojos vidriosos, conteniendo las lágrimas, lo único que puedo pensar es en abrazarla y brindarle consuelo. El estallido de la risa es incontenible. Me imagino sobándole el hombro frente a una concurrencia claramente crispada.

Volver atrás es imposible y por tanto retractarme carece de sentido. Retomando el caso de la niña ofendida, por mucho perdón que le pidiera no iba poder borrar de su cabeza las risas de la cual fue objeto, y mucho menos el sarcasmo con el que la describí intentando explicarle como se veía ella a través de mis ojos. No puedo retractarme. No me interesa cuestionar en términos morales aquellas imágenes que se suscitaron e mi cabeza mientras subía la bicicleta e imaginaba la cara de los invitados al encontrarla enganchada de la punta del árbol cual estrella que corona el árbol de navidad. Todo aquello que mi mente generó es indeleble. No me da la gana echar atrás el camino andado.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Capítulo 23


Esta noche Gastón Carsac se apoderó de mí. Estaba cansado de ser siempre la misma persona y como tantas otras veces Gastón vino a mi rescate. Una vez que se empieza no se contempla la posibilidad de volver atrás. La mentira tiene que llegar hasta las últimas consecuencias. Hay que ligar todos los cabos para evitar caer en contradicciones. El simulacro suele empezar de forma inocente. Una exageración que sirve para adornar la conversación. Alguna anécdota distorsionada. Una afirmación que atrae al coraje como un imán. Alguien sonríe y la mentira se empieza a hacerse consistente. Motivada por esa pequeña conquista la imaginación se libera. A medida que trascurre el tiempo la búsqueda se hace más intensa. La necesidad de transgredir y asomarse a los abismos es cada vez más tentadora. Uno se cambia el nombre, se inventa un pasado y se trasforma. El personaje que ha creado cobra vida propia. Se desentiende de su dueño. Se libera. 

Gastón llegó a España en el año 2001 cargando una maleta llena de insolencia y arrogancia. Huyendo de un escándalo familiar. Padre francés infraganti, revolcándose con la empleada doméstica en la habitación de servicio. Madre criolla indignada, amenazándolo a grito pelado con cortarle los huevos. Gastón intenta no salir salpicado del escándalo pero la mierda le llega al cuello. Se embarca en el primer avión que encuentra rumbo a Barcelona. Empecinado en prolongar la vida de bohemia que ha llevado hasta ese momento y dilapidar hasta el último céntimo del patrimonio familiar. En poco tiempo se transforma en el rey de la noche. Ante el despilfarro económico de los dos primeros meses en Barcelona, su madre intenta cerrarle el grifo y persuadirlo para que vuelva a Buenos Aires. Frente al peligro de agotar sus ahorros y verse obligado transigir ante las exigencias familiares Gastón emprende un exitoso negocio de distribuyendo pastillas de éxtasis en las discotecas de y after hours de la zona del casco antiguo de Barcelona. 

Desde aquel entonces Gastón se siente imparable. No conoce límites. Su desparpajo es atroz. Bien sabe que a la gente le encanta rodearse de gente poderosa e interpreta el papel a la perfección. Su actitud soberbia se trasforma en un atractivo. El poder atrae al poder y en los mejores banquetes es el rey.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Capítulo 21


El jueves es el mejor día de la semana para salir por la noche. Los que salimos este día solemos ser las personas que intentamos escapar de los convencionalismos. No nos importa llegar resacosos el día siguiente al trabajo. Salir dos días a la semana, viernes y sábado, nos resulta insuficiente. Me atrevería a decir que la noche del viernes es la que la gente destina a los amigos y a la salida de solteros. Mientras que la noche del sábado es una noche típicamente de pareja. La noche del jueves es definitivamente la de los solitarios. Los que salimos lo hacemos sin una idea predeterminada. Sin la necesidad de llamar a nadie abandonamos nuestros hogares con la intención de tomar unas cervezas o simplemente salimos a caminar. Sin saber exactamente cómo es que llegamos hasta allí, nos encontramos desinhibidos tarareando una canción. Eso es lo hacia ayer en el bar Itaca a las dos de la mañana. La canción que sonaba despotricaba contra la gente que va demasiado lento, o eso creí entender. Cuando me dí cuenta la canción ya había acabado y yo seguía repitiendo una de sus estrofas. Cuando miré la botella de cerveza ya estaba vacía. Entonces señalé mi botella y le indiqué al barman que me sirviera otra. Me levanté y me dirigí a la gramola a poner una canción. Quería volver a escuchar la misma canción del grupo The Doors que había sonado minutos atrás. En la maquina había una chica morena con el pelo lacio que le llegaba casi hasta la cintura. Me impresionó su altura. Calculé que debía tener metro ochenta, igual que yo, o puedo que un poco más. No podía estar seguro estaba reclinada sobre la máquina apoyando un codo en la superficie vidriada y la mano sosteniendo su cabeza. Sin mediar palabras introduje una moneda de dos euros. Recién cuando ella me miró le propuse eligiera una canción y que la siguiente la elegiría yo. 

<No se muy bien qué elegir, hoy estoy indecisa> me contestó.

<Entonces hacemos al revés> le sugerí <yo pongo mi canción y tú te tomas tu tiempo para elegir la siguiente. 

Mientras sonaba la canción Roadhouse Blues yo bailaba a escasos metros de la maquina. Con la cerveza en la mano pude apreciar que a la morena le costaba horrores tomar una decisión. De tanto en tanto me miraba de reojo. 

Así son los jueves pensé. La gente sale a buscar algo, no sabe muy bien qué. Quiere hacer algo sin la necesidad de dar explicaciones a nadie. La noche de los jueves es definitivamente de los solitarios, de la gente que sale a buscarse a sí mismo. A mi entender es la mejor noche de la semana. A pesar que al día siguiente tengo que soportar las caras de desaprobación de mis compañeros de trabajo que no demoran en descubrir que nuevamente llego trasnochado. Para colmo me ven escribir esto que estás leyendo y se enervan aún más. Me da igual, que piensen lo que quieran.
Anoche mientras echaba un vistazo al cuerpo de la morena de la gramola me acordé de la historia que suele contar Enrique sobre su abuela. Resulta que el día después de cumplir las bodas de oro la vieja le dijo a su marido que no quería saber más nada de él. 

<Vete a vivir a la torre de Rosas y déjame en paz.>

No sabe como pudo aguantar tanto tiempo a su lado. Los últimos años de su vida quiere dedicarlos a buscarse a sí misma. Argumenta no conocerse. Sentirse absorbida por la intimidante presencia de un hombre tacaño y acaparador. No piensa quedarse cuidando a un viejo el resto de su vida.
En un principio el abuelo de Enrique piensa que se trata de una broma. La contundencia de las palabras de su mujer lo disuade rápidamente. 

<Te has vuelto loca, mujer> es la frase más repetida por el viejo.

<Necesito saber quién verdaderamente soy y espero poder conseguirlo antes que me sorprenda la muerte.>

Un mes después de haber intentado infructuosamente, y por todos los medios, recuperar la relación, el viejo, comprende que su mujer ha tomado una decisión definitiva y que no habrá marcha atrás. Desolado ante la pérdida se refugia en el bar y en las interminables caminatas. Descubre que su afán de cariño incondicional no había hecho más que absorber a su mujer y generar una relación de dependencia mutua. Llegando a preguntarse quién verdaderamente es él. 

Cuando finalmente mi canción dejó de sonar pude escuchar una canción de Alejandro Sanz o uno de esos cantautores románticos. La morena me miró y se acercó bailando. Bailamos juntos. Creo que yo bailaba una versión ralentizada de la canción de The Doors. Nadie sabe exactamente quién es. Hacerse continuamente este tipo de preguntas no conduce a ningún lugar. Si no sé quién soy me lo invento.