El jueves es el mejor día
de la semana para salir por la noche. Los que salimos este día solemos ser las
personas que intentamos escapar de los convencionalismos. No nos importa llegar
resacosos el día siguiente al trabajo. Salir dos días a la semana, viernes y
sábado, nos resulta insuficiente. Me atrevería a decir que la noche del viernes
es la que la gente destina a los amigos y a la salida de solteros. Mientras que
la noche del sábado es una noche típicamente de pareja. La noche del jueves es
definitivamente la de los solitarios. Los que salimos lo hacemos sin una idea
predeterminada. Sin la necesidad de llamar a nadie abandonamos nuestros hogares
con la intención de tomar unas cervezas o simplemente salimos a caminar. Sin
saber exactamente cómo es que llegamos hasta allí, nos encontramos desinhibidos
tarareando una canción. Eso es lo hacia ayer en el bar Itaca a las dos de la
mañana. La canción que sonaba despotricaba contra la gente que va demasiado
lento, o eso creí entender. Cuando me dí cuenta la canción ya había acabado y
yo seguía repitiendo una de sus estrofas. Cuando miré la botella de cerveza ya
estaba vacía. Entonces señalé mi botella y le indiqué al barman que me sirviera
otra. Me levanté y me dirigí a la gramola a poner una canción. Quería volver a
escuchar la misma canción del grupo The Doors que había sonado minutos atrás.
En la maquina había una chica morena con el pelo lacio que le llegaba casi
hasta la cintura. Me impresionó su altura. Calculé que debía tener metro
ochenta, igual que yo, o puedo que un poco más. No podía estar seguro estaba
reclinada sobre la máquina apoyando un codo en la superficie vidriada y la mano
sosteniendo su cabeza. Sin mediar palabras introduje una moneda de dos euros.
Recién cuando ella me miró le propuse eligiera una canción y que la siguiente
la elegiría yo.
<No se muy bien qué
elegir, hoy estoy indecisa> me contestó.
<Entonces hacemos al
revés> le sugerí <yo pongo mi canción y tú te tomas tu tiempo para elegir
la siguiente.
Mientras sonaba la
canción Roadhouse Blues yo bailaba a escasos metros de
la maquina. Con la cerveza en la mano pude apreciar que a la morena le costaba
horrores tomar una decisión. De tanto en tanto me miraba de reojo.
Así son
los jueves pensé. La gente sale a buscar algo, no sabe muy bien qué. Quiere
hacer algo sin la necesidad de dar explicaciones a nadie. La noche de los
jueves es definitivamente de los solitarios, de la gente que sale a buscarse a
sí mismo. A mi entender es la mejor noche de la semana. A pesar que al día
siguiente tengo que soportar las caras de desaprobación de mis compañeros de
trabajo que no demoran en descubrir que nuevamente llego trasnochado. Para
colmo me ven escribir esto que estás leyendo y se enervan aún más. Me da igual,
que piensen lo que quieran.
Anoche
mientras echaba un vistazo al cuerpo de la morena de la gramola me acordé de la
historia que suele contar Enrique sobre su abuela. Resulta que el día después
de cumplir las bodas de oro la vieja le dijo a su marido que no quería saber
más nada de él.
<Vete a
vivir a la torre de Rosas y déjame en paz.>
No sabe
como pudo aguantar tanto tiempo a su lado. Los últimos años de su vida quiere
dedicarlos a buscarse a sí misma. Argumenta no conocerse. Sentirse absorbida
por la intimidante presencia de un hombre tacaño y acaparador. No piensa
quedarse cuidando a un viejo el resto de su vida.
En un
principio el abuelo de Enrique piensa que se trata de una broma. La
contundencia de las palabras de su mujer lo disuade rápidamente.
<Te has
vuelto loca, mujer> es la frase más repetida por el viejo.
<Necesito
saber quién verdaderamente soy y espero poder conseguirlo antes que me
sorprenda la muerte.>
Un mes
después de haber intentado infructuosamente, y por todos los medios, recuperar
la relación, el viejo, comprende que su mujer ha tomado una decisión definitiva
y que no habrá marcha atrás. Desolado ante la pérdida se refugia en el bar y en
las interminables caminatas. Descubre que su afán de cariño incondicional no
había hecho más que absorber a su mujer y generar una relación de dependencia
mutua. Llegando a preguntarse quién verdaderamente es él.
Cuando
finalmente mi canción dejó de sonar pude escuchar una canción de Alejandro Sanz
o uno de esos cantautores románticos. La morena me miró y se acercó bailando. Bailamos
juntos. Creo que yo bailaba una versión ralentizada de la canción de The Doors.
Nadie sabe exactamente quién es. Hacerse continuamente este tipo de preguntas
no conduce a ningún lugar. Si no sé quién soy me lo invento.