jueves, 2 de febrero de 2012
Capítulo 34
Una de las cosas que más estimulantes del viaje a Francia fue que desde el primer momento fui un extraño. Un desconocido que puede inventarse absolutamente todo sobre su vida. Hablar es fácil. Cualquiera puede falsear e improvisar todo tipo de historias extraordinarias. Sin embargo lo difícil de la mentira y la razón por la cual no cualquiera puede mentir es que exige un alto grado de concentración y de memoria. Hay que recordar cuando, por qué y ante quien se dijo tal o cual cosa. Caso contrario se cae en un sinfín de contradicciones y se hace literalmente el ridículo. Cuando se empieza a mentir no se pude parar. Los excelentes resultados de una buena mentira acaban cebando al mentiroso. Cuando los resultados son tan buenos es difícil dejar de hacerlo. Sabía perfectamente que me estaba metiendo en la boca del lobo y que de aquella aventura no saldría ileso.
A los pocos días de llegar a la Ciudad de Adge me enteré que el hermano menor de papá vivía en la residencia de verano de los abuelos. Entonces decidí que cambiar de discurso y argumentar que estaba haciendo un documental sobre algunos personajes ilustres de la ciudad. Afortunadamente el tío Michel no me reconoció. Después de una larga conversación telefónica me citó en su casa. Al llegar me invadieron algunos recuerdos de aquel año en que veraneamos allí. Un aire de familiaridad envolvió mi visita a aquel lugar. Michel me enseño algunas estancias de la casa y luego nos instalamos en una terraza con vistas al jardín. En determinado momento Michel me ofreció salir a tomar una cervecita. Dijo que conocía un lugar perfecto para esos menesteres. Cuando llegamos a la taberna me pareció realmente sospechoso el hecho de cambiar la comodidad de aquella casa para meterse en aquel tugurio de esas características. Entonces noté la repentina disposición del tío Michel por ir al baño, de dónde salía un tanto verborrágico y eufórico. Sin un gran esfuerzo descubrí que Michel estaba enganchado a la cocaína. En un principio me resultó chocante. Los rasgos de mi padre se hicieron notorios en la cara de Michel y especialmente en el tono de voz. Sin embargo Boris Nebula no es ni nostálgico ni sentimental. Le dije a Michel que lo que estaba haciendo era una grosería.
<A mí me convidas una mísera cerveza y tú te sirves los manjares más exquisitos en la trastienda.>
Michel se sintió realmente herido y a partir de aquel momento intentó demostrar su caballerosidad. Inmediatamente sacó de su pitillera un sobre que vació sobre la mesa, peinó la cocaína en cuatro líneas gruesas y me entregó un canuto de cristal. Trascurridas unas horas Michel expresó su disgusto hacia la personalidad de su padre.
<Puede que mi padre haya sido un gran hombre. Eso opina todo el mundo. Sin embargo…> dijo Michel, y en ese momento deseé cerrarle la boca de un puñetazo, estar en otro lugar, desaparecer para siempre y no escuchar nada.
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