jueves, 9 de febrero de 2012

Capítulo 36

El diluvio se desató en el momento en que salí del trabajo. El trayecto de regreso a casa se trasformó en un pista de atletismo con obstáculos. No sé porqué corría si igualmente me acabaría mojando. Corrí y corrí, y no paré de correr hasta encontrarme frente al portal de casa. Mientras me desvestía y buscaba una toalla, para darme una ducha de agua caliente, pude apreciar el desorden que tenía en casa. A simple vista observé la suciedad del suelo, las pelusas acumuladas en los rincones, telas arañas colgaban de los techos y las lámparas. Cuando Lidia visitaba a Gastón solía hacer un repaso general de la casa. A pesar de insistirle que no hacía falta, ella argumentaba que lo hacía porque quería. Aunque no hecho a faltar a Lidia en absoluto, me gustaría tener la casa un poco más limpia. Para ser justo, me gustaría agregar que recuerdo a Lidia con gran cariño.

<No esperaba eso de ti. Te portaste como un cretino> me dijo Esther el día que encontró a Lidia llorando en la puerta de casa y se enteró que le había estado mintiendo durante dos años seguidos.

En un principio Esther supuso que había un mal entendido porque Lidia no paraba de hablar de un tal Gastón. Hasta que comprendió que la mentira comenzaba en el nombre y que Gastón Carsac y Boris Nebula eran la misma persona. <La pobre chica estaba destrozada. Decía que todo aquello que habían construido se acababa de desvanecer. Incluso los recuerdos de aquellos momentos de felicidad adquirían un aspecto angustioso. Si Gastón no es Gastón entonces todos aquellos momentos tampoco son reales>, Esther intentaba reproducir la conversación que habían mantenido en las escaleras de acceso a mi casa.

Lidia estaba interesada en saber por qué lo había hecho. Esther estaba sorprendida. Desconocía aquel aspecto de mi persona me exigió respuesta.

<¿Por qué Boris? ¿Por qué lo hiciste?>

Estando dentro de la ducha intenté no pensar, pero cuanto mayor esfuerzo hacía más presentes estaban aquellos rincones llenos de polvo y pelusas, y los objetos que habían desaparecido en el desorden. Pensé en aquella camiseta celesta con una inscripción negra. La última vez que la había usado fue aquella noche en la que fui a bailar a la discoteca Arena y al salir descubrí que por descuidó había dejado una luz encendida del coche y me había quedado sin batería. Supuse que estaría debajo del sofá, o puede que se encuentre en la pila de ropa que hay amontonada en la habitación del ordenador.
Con el día que hacía calculé que lo mejor era invitar a alguien al cine, pero inmediatamente lo descarté. Al bajar la mirada ví una borla de pelos en el resumidero. Antes de acabar de ducharme había decidido que invitaría a cenar a casa a Joan, Enrique y Esther. Me dije que era una excelente excusa para obligarme a hacer una limpieza general.

Al invitar a Esther a cenar a casa me di cuenta que ella me preguntaba las razones de aquella iniciativa. Recordé que en su momento, cuando me cuestionó mi manera de obrar con Lidia, le había dicho que aquello estaba fuera de su jurisdicción. En este momento la frase no parecía acorde. Recordé que a Lidia tampoco le había dado ninguna explicación. Evitando justificarme le pedí a Esther que trajese el postre que yo me encargaría del vino y las pizzas. A Enrique le pedí que trajese el vino, que yo me encargaría del postre y las pizzas. Y a Joan le pedí que trajese las pizzas que yo me encargaría del resto. Entonces me puse manos a la obra con la limpieza de la casa. Lo primero que hice fue levantar la ropa sucia que tenía diseminada por todas partes. La camiseta azul estaba debajo de la cama. Metí todo dentro de la lavadora con la esperanza que el día siguiente amaneciera soleado.

jueves, 2 de febrero de 2012

Capítulo 34


Una de las cosas que más estimulantes del viaje a Francia fue que desde el primer momento fui un extraño. Un desconocido que puede inventarse absolutamente todo sobre su vida. Hablar es fácil. Cualquiera puede falsear e improvisar todo tipo de historias extraordinarias. Sin embargo lo difícil de la mentira y la razón por la cual no cualquiera puede mentir es que exige un alto grado de concentración y de memoria. Hay que recordar cuando, por qué y ante quien se dijo tal o cual cosa. Caso contrario se cae en un sinfín de contradicciones y se hace literalmente el ridículo. Cuando se empieza a mentir no se pude parar. Los excelentes resultados de una buena mentira acaban cebando al mentiroso. Cuando los resultados son tan buenos es difícil dejar de hacerlo. Sabía perfectamente que me estaba metiendo en la boca del lobo y que de aquella aventura no saldría ileso.

A los pocos días de llegar a la Ciudad de Adge me enteré que el hermano menor de papá vivía en la residencia de verano de los abuelos. Entonces decidí que cambiar de discurso y argumentar que estaba haciendo un documental sobre algunos personajes ilustres de la ciudad. Afortunadamente el tío Michel no me reconoció. Después de una larga conversación telefónica me citó en su casa. Al llegar me invadieron algunos recuerdos de aquel año en que veraneamos allí. Un aire de familiaridad envolvió mi visita a aquel lugar. Michel me enseño algunas estancias de la casa y luego nos instalamos en una terraza con vistas al jardín. En determinado momento Michel me ofreció salir a tomar una cervecita. Dijo que conocía un lugar perfecto para esos menesteres. Cuando llegamos a la taberna me pareció realmente sospechoso el hecho de cambiar la comodidad de aquella casa para meterse en aquel tugurio de esas características. Entonces noté la repentina disposición del tío Michel por ir al baño, de dónde salía un tanto verborrágico y eufórico. Sin un gran esfuerzo descubrí que Michel estaba enganchado a la cocaína. En un principio me resultó chocante. Los rasgos de mi padre se hicieron notorios en la cara de Michel y especialmente en el tono de voz. Sin embargo Boris Nebula no es ni nostálgico ni sentimental. Le dije a Michel que lo que estaba haciendo era una grosería.

<A mí me convidas una mísera cerveza y tú te sirves los manjares más exquisitos en la trastienda.>

Michel se sintió realmente herido y a partir de aquel momento intentó demostrar su caballerosidad. Inmediatamente sacó de su pitillera un sobre que vació sobre la mesa, peinó la cocaína en cuatro líneas gruesas y me entregó un canuto de cristal. Trascurridas unas horas Michel expresó su disgusto hacia la personalidad de su padre.

<Puede que mi padre haya sido un gran hombre. Eso opina todo el mundo. Sin embargo…> dijo Michel, y en ese momento deseé cerrarle la boca de un puñetazo, estar en otro lugar, desaparecer para siempre y no escuchar nada.