sábado, 22 de octubre de 2011

Capítulo 8


La única forma de no dejarse amedrentar por los acontecimientos es actuar con valentía frente al fracaso. Fracasar es una forma de clarificar la situación. Ajustar las coordenadas y emprender nuevo rumbó con más bravura, aún si cabe, de la que traíamos. Una llamada de atención, un balde de agua fía, un cachetazo que nos invita con urgencia a espabilar.
En este último tiempo he percibido que Joan está pasando una mala época. Aunque intente aparentar lo contrario no hace más que evidenciarlo. Confía en que estoy desvelado, y no se equivoca, para llamame a cualquier hora de la noche con la intención de hablar o salir a tomar unas cervezas. ¿Que pasó Joan se te fue la inspiración? Antes no salías porque estabas muy ocupado forjando tu destino de escritor y ahora me buscas con insistencia. ¿Dónde está aquella bravura de antaño? Necesitabas decirlo todo. La vida era parte de un cuento y todos conformábamos los personajes de tus narraciones. No se lo qué fue lo que pasó pero es evidente que te carcome la cabeza. 
<A lo hecho pecho> diría Enrique, con su eterna manía de citar otras personas y repetir frases hechas.
Tu repentino interés por la vida de Mateo Couto, me llama la atención. Me arriesgaría a decir que repentinamente eres incapaz de escribir. No encuentras un misterio suficientemente sólido para sustentar la historia que te abra las puestas del mundo editorial y te catapulte como un escritor diferente dentro del panorama de las jóvenes promesas. Así podrás dejar de escribir esos artículos periodísticos que envías a
publicaciones de medido pelo con la intención de hacerte un nombre y poder vivir de ello. La carrera de periodismo en vez de ampliar tu horizonte acabó marcando unos parámetros que limitan tu escritura y te paralizan.
La historia de Mateo Couto te intriga porque nunca llegaste a entenderla. Cuesta creer que aquel insignificante muchachito de gafas haya realizado todo aquello que ninguno de nosotros tuvo el valor de perpetrar. Una venganza perfecta cuyo origen nunca acabaremos de esclarecer. El extraño método con el cual nos manipuló a todos haciéndonos cómplices involuntarios de su particular desquite. Finalmente hizo estallar su artificio y la mierda salpicó a todos aquellos que alguna vez le hicieron daño y en particular al juez de menores que diez años atrás, por el simple hecho de fumar un porro en la vía pública, lo condenó nueve meses de trabajo para la comunidad y a un estricto régimen de control. Después desapareció, y seguramente se fue con una sonrisa dibujada en la cara.
Bajo esta perspectiva, Joan, todo lo que no conoces constituye un misterio y podrías escribir miles de historias sobre la vida de Mateo Couto. De la misma manera que podrías escribir sobre cualquier persona que actúa movilizada por unas razones puramente individuales y no se justifica ante nadie. Si necesitas el principio de la narración, empieza diciendo que Mateo Couto hizo que lo que tenía que hace, pegó media vuelta, se fue y desapareció para siempre.
¿Hay algo más, Joan? Algo que yo no sé y no te atreves siquiera de explicar en tus ficciones. Para encontrarse a uno mismo no alcanza con buscar, hace falta primeramente estar perdido.

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