Anoche llovía
torrencialmente. Después de cenar un trozo tarta de espinacas, sobra de la
noche anterior, decidí ver una película y acostarme temprano. Supuse que me
haría bien una noche de descanso entre tanta farra interrumpida. No me canso de
decir que la noche me atrapar. Apenas el sol se oculta siento que la fiesta
está a puto de empezar y no puedo perdérmela, por nada del mundo. La vida es
una fiesta. La noche me devuelva la vitalidad y las ganas de experimentar.
Durante el día la hipocresía habita a sus anchas en la rutina, lo
preestablecido o las convenciones. Las personas temerosas, los que no se
atreven a arriesgarse, aquellos que si los arrancamos de sus esquemas se
pierden y son incapaces de improvisar una salida. Ese es el tipo de gente que
piensa que piensan que la hipocresía se oculta en la oscuridad, como un animal
maligno que acecha su presa y se disfraza en el alcohol y las drogas. Cada cual
que piense lo que quiera. Yo simplemente afirmo que la noche desvela al
verdadero ser que llevamos dentro.
La próxima vez le pondré
más queso a la tarta, incluso puede que le ponga algunas pasas. La película
debe ser rematadamente buena, ni bien el protagonista se enfrentó con su
hermano, echándole en cara que no se hacía cargo de su padre, mi vinieron unas
ganas terribles de salir, y hacerme cargo de la lluvia, mojarme un poco, dejar
de pelear contra mi naturaleza.
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